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Hoy tengo que visitar nuevamente a Crispinus. He pensado en llevarle un libro para que se distraiga y entretenga mientras dura su encierro en el manicomio, ¿pero qué libro le debo llevar? . . . tal vez uno de Derecho penal para que estudie él mismo su caso, o bien uno de humor contemporáneo . . . La duda lleva unos minutos ocupando mi mente hasta que al fin me decido por llevarle un libro que convine ambos temas: “El último trayecto de Horacio Dos” de Eduardo Mendoza. Los que han leído la obra de Mendoza ya sabrán que es un licenciado en Derecho que ha escrito numerosos libros de fino ―y, a veces, no tan fino― humor pero que, sin duda, nos hacen “partir de la risa”.
“El último trayecto de Horacio Dos” no es una excepción. El libro, escrito en forma de diario, combina tal cantidad de dosis de humor y sarcasmo, que unidos dan como resultado una obra que no dejará de entretenernos ni un minuto. He aquí el resumen de la obra que se ambienta en un futuro un tanto lejano:
Horacio Dos es el capitán de una nave interestelar que transporta desde la tierra a una serie de individuos “no deseados” a una estación espacial desconocida, incluso por él mismo. Estos individuos “no deseados” han sido agrupados en tres grupos: los delincuentes, las mujeres descarriadas y los ancianos improvidentes. El objeto del viaje, como ya lo he sugerido, es el de inocuizar a todos estos individuos, ya sea en la nave o ya sea en una estación espacial completamente aislada.
Durante el libro se relata la historia de las aventuras y grandes proezas que el tonto Horacio Dos, su tripulación y sus pasajeros tienen que pasar para llegar a un destino desconocido en un plazo también desconocido. La escases de alimentos, maquillaje (para las mujeres) y medicinas (para los ancianos) los lleva a tener serios problemas a bordo, al punto tal que, el primer segundo a bordo, llega a proponer que para evitar graves altercados la mejor solución es la de gasear preventivamente a los delincuentes . . . solución que, por supuesto no fue la que se optó al momento de decidir lo que se hará para solucionar los problemas de hambre, falta de maquillaje y medicinas.
Es así como Horacio Dos decide visitar sendas estaciones espaciales (con el objeto de abastecer la nave de provisiones para el viaje) donde le esperarán aventuras de todo tipo ocasionadas por diversas razones: desde la insubordinación de sus subordinados (que incluso le insultan), pasando por el amor que le profesa a una de las mujeres descarriadas (que “ligó” con todos y solo una vez con él), hasta llegar la falta de cordura en la toma de cada una de las decisiones que nuestro Horacio Dos tiene que tomar.
En conclusión, creo que la historia del patético y tonto Horacio Dos traerá muchas carcajadas a la boca de Crispinus, tal y como lo hizo conmigo y con Chris (quién, por decirlo al estilo de Mendoza, siempre está diez puntos por encima de guapa y cero por debajo de preciosa).
Nada más por hoy. Ahora tengo que hacer las maletas para hacer el viaje necesario para visitar a Crispinus, y luego viaje a Budapest . . . curso de Bioética y Bioderecho . . .
Hasta otra oportunidad.
EA
Bilbao, 22-VI-2008.
La gente que vive Crespadoro está muy asustada por la incorregible conducta de Crispinus. Ha cometido 5 asesinatos a sangre fría, por los cuales ha estado en prisión durante 30 años y hace una semana ha sido liberado por haber cumplido ya su condena. Normalmente los pobladores no estarían aterrados por la liberación de un asesino común y silvestre ―Mesalina recuerda que la gente no se interesó ni escandalizó por la liberación de Tito quien estuvo buen tiempo en la cárcel después de haber asesinado “por emoción violenta” a su esposa, al amante de esta y a sus 3 hijos, luego de haber descubierto in fraganti ciertos actos de infidelidad―, pero con Crispinus sucede lo contrario. La gente está aterrorizada porque, el día de su liberación, nuestro personaje ha dicho a la prensa que no se arrepiente de lo que ha hecho y que volverá a hacerlo en cuanto tenga la oportunidad y, claro, no es nada gracioso tener un asesino suelto en medio de un pueblo tan pequeño.
Pues bien, el día y la hora ha llegado. Crispinus acaba de ser detenido bajo la acusación de la comisión de un nuevo homicidio (hace unas horas ha violado y asesinado a Julia, la chica que trabajaba en la panadería del pueblo) y éste ha reconocido su responsabilidad. La ley dice que nuestro personaje tendrá que pasar otros 6 años encerrado en la cárcel por la consumación de este nuevo homicidio, pero la gente no está contenta y no ha pasado más de unas horas para que las opiniones salieran por montones. Tiberio (astuto político que quiere ser alcalde del pueblo a como de lugar) ha dicho que si lo escogen en las próximas elecciones se encargará de acabar con la lacra de los delincuentes habituales ―pues así se les llama a los que delinquen con frecuencia― mediante la aplicación de la pena de muerte a todos aquellos que cometan más de tres delitos. Mesalina, en cambio, nos dice que lo mejor sería internar a Crispinus en una institución Psiquiatrica “hasta que se cure” luego de que este cumpliera los 6 años de prisión. Más sorprende la opinión de dueño de la panadería donde trabajaba Julia, pues indica que a Crispinus se le debería enviar a la cárcel por los 6 años que manda la ley y luego se le deberían amputar los brazos para que no vuelva a cometer ningún crimen de esta naturaleza. En la opinión de otros lo que debería hacerse con el asesino de Crespadoro es únicamente la agravación de la pena que la ley manda, es decir, ya no enviarlo 6 años a prisión, sino más bien de por vida.
Está claro que todas estas formas de agravación de la pena se imponen con el único fin de evitar que nuestro incorregible personaje vuelva a cometer otro asesinato y /o violación.
Si se le aplica la pena de muerte, si se le interna en una institución de rehabilitación por tiempo indeterminado, si se le amputa y/o mutila los brazos o si se le envía a prisión por el resto de su vida, la sociedad no está haciendo otra cosa que “defenderse de un ente peligroso”.
Nadie en el pueblo es partidario de que se le apliquen las penas que acabamos de describir en el párrafo anterior a Tito que asesinó a su mujer, a su amante y a sus 3 hijos al haber descubierto la infidelidad de la primera, pues todos saben que Tito no es un ente peligroso, sino únicamente un delincuente ocasional.
Me asaltan una serie de dudas ¿debería la simple peligrosidad fundamentar la agravación de las respuestas penales?, o ¿es mas bien ésta (la peligrosidad) una manifestación del derecho al libre desarrollo de la personalidad por el cual no se debería penar a nadie?, en ese sentido, y de agravársele la pena ¿se estaría agravando la pena a nuestro personaje por el simple hecho de tener una personalidad distinta a la de los demás?
En los próximos dos años intentaré dar una respuesta a este asunto, pero por lo pronto me atrevo a indicar (reservándome el derecho a la retractación de mis ideas) que me inclino por pensar que el poder punitivo estatal no debería inmiscuirse cuando la personalidad de los individuos a los cuales vigila es distinta a la de los demás. Teniendo como base la peligrosidad de Crispinus, creo que no se le debería ni asesinar, ni amputar los brazos, ni recluirlo de manera indeterminada en un centro psiquiátrico o en una prisión (a estos efectos ambos son lo mismo en cuanto que le privaran su derecho a la libertad), ni tampoco agravársele la pena (a sí sea tan solo un año).
Nada más por ahora.
EA
Bilbao, 11-V-2008
